La Rama Dorada
 D.  Juan Ramón Ugarte

Conferencia pronunciada por D. Juan Ramón Ugarte en la Jornada 

sobre Románico en Roda de Isábena


Antigüedad Clásica en Roda de Isábena

La rama dorada en un capitel rotense

("Ramus aureus latet arbore opaca")

(Rama dorada escondida en árbol espeso)

Una lectura cristiana del universo virgiliano

"A nadie se permite bajar a las profundas regiones de las sombras si antes no logra arrancar del árbol la rama de flotantes hojas de oro. Es un don que ha dispuesto se le ofrezca la hermosa Proserpina". (Virgilio, Eneida, Libro VI, versos 140 - 142).

Son ya muchos los años transcurridos desde mi primera visita, de entre las muchas realizadas, a la otrora capital del condado ribagorzano y su sede episcopal, resultando siempre afectado por esa gozosa "ajenación" que ha dado en llamarse "reacción stendhaliana", si bien, sin alcanzar el grado suficiente para su consideración sindrómica por parte de la clínica psiquiátrica.

Y ya desde aquella visita primera, acaso por marcada influencia de mis lecturas infantiles y de los siempre amenos relatos en el seno familiar, captó mi atención el capitel de que se trata, realizando una identificación del mismo con la recreación escénica correspondiente al pasaje virgiliano antedicho, conteniendo, en gran parte, aquellos requisitos de necesaria concurrencia con capacidad de despertar y dar rienda suelta a toda fantasía en la primera edad. Así: una rama de oro que propicia la entrada en el inframundo de quien la porta; una pitonisa, la sibila cumana, de nombre Amaltea, Herófile o Demófile, transmisora, por divina autoridad, de veladas verdades sobrenaturales, impregnadas en ocasiones de artificios y sutilezas; un héroe legendario, Eneas, que, habiendo de arrostrar graves peligros y asechanzas, estaba llamado a grandes empresas por designio oracular; un perro de triple y espantoso ladrido, guardián de las oscuras moradas, al que la sacerdotisa hunde en profundo sopor arrojándole una gran torta amasada de miel y hierbas adormideras.

Doce son los capiteles contenidos en la portada meridional de nuestra antigua iglesia catedral, con labra sencilla que no hace merma en su belleza, y repertorio iconográfico historiado de pronta intelección, dispuestos sin aparente orden secuencial conforme a una correcta cronología, con representaciones que ilustran pasajes de la escritura vetero y neotestamentaria, evangélicos propiamente dichos, joánicos y escatológicos.

Sin perjuicio de ulteriores trabajos en relación con el resto de capiteles, centraré mi atención, por ahora, en uno de ellos, que en adelante he de llamar de "La Rama Dorada", dispuesto que está coronando la primera y más externa columnilla en la jamba derecha de la portada catedralicia.

Su coloreado pretende tan sólo resaltar los cuatro elementos figurados de que se compone: un hombre, un perro, una mujer y la rama de que es portadora en su mano derecha.

El capitel me adentra de lleno, en abreviado camino y sin necesidad de escalas intermedias, en la Antigüedad Clásica, personificada en la figura de Virgilio, de entre los autores clásicos, el más reconocido por los apologetas cristianos.

Capitel de la Rama Dorada

Viene siendo habitual, en relación con la escena representada en el capitel, la interpretación que se dice conforme a un narrado esquemático de apoyo en versículos contenidos en Gén 3, con intención de trasladar al espectador el recuerdo permanente del pecado primero de la humanidad, por oferente actitud de Eva presentando a Adán el fruto prohibido.

No está en mi ánimo interés alguno de entablar porfía respecto al alcance de tal significación, si bien, sí lo está el propósito de plantear una lectura iconográfica alternativa, tomando a Eneas por Adán, a la Sibila de Cumas por Eva y, sobre todo, a la rama dorada por el árbol del Paraíso; y ello, sin afectación tendenciosa, por la relación de cuasi identidad y cabal encaje, que, según creo, salvo mejor y superior criterio, se desprende de las figuras esculpidas con respecto a la literalidad de los versos antedichos del poeta mantuano.

Virgilio gozó de lugar de privilegio en lo que hace a la recepción del mundo clásico por la tradición medieval. La elegancia e ingenio de sus monumentos literarios le han conferido a lo largo de la historia un aire majestuoso y sublime, alcanzando celebérrimo esplendor ya entre la apologética cristiana de los primeros siglos, que quiso ver, en la Égloga IV de sus Bucólicas, vaticinios y esperanzas concordantes con las santas profecías, a las que daban satisfacción plena.

Égloga IV (versos 4 - 10)

Ultima Cumaei venit iam carminis aetas, (4)

magnus ab integro saeclorum nascitur ordo.

lam redit et Virgo, redeunt Saturnia regna;

iam nova progenies caelo demittitur alto.

Tu, modo nascenti puero, quo ferrea primum

desinet, ac toto surget gens aurea mundo,

casta, fave, Lucina. (10)

La última edad del canto de Cumas ha llegado ya, (4)

el gran orden de los siglos nace de nuevo.

Ya vuelve también la Virgen, vuelven los reinos de Saturno;

ya una nueva estirpe es enviada desde el alto cielo.

Tú, al niño que ahora nace con el que primero la raza de hierro terminará, y la de oro surgirá en todo el mundo,

brinda tu favor, casta Lucinia. (10)

No faltaron las reticencias explícitas ni los escepticismos esquivos, tanto por parte de la intelectualidad pagana, interesada en la negación del pretendido mesianismo subyacente en el poema, como por algunos autores cristianos tardoantiguos, al estar henchido de gentilidad según era su entender, si bien, estos últimos más inclinados para la aceptación de tal exégesis, como convenía a las muy arraigadas expectativas del gran día anunciado en tantas ocasiones por los profetas, de advenimiento del Redentor.

Las voces críticas centraban también sus argumentos, entre otros, en la afectación espiritual que habría animado a Virgilio en la gestación de sus creaciones poéticas: así, de entusiástica epopeya a la mayor gloria de Augusto, en el caso de la Eneida, y de homenaje a su amigo el cónsul Polión, gestor de paz en tiempos convulsos, con motivo del nacimiento del hijo esperado, en el de la Égloga IV (Bucólicas).

Pretender encontrar una justificación suficiente y satisfactoria a la presencia del capitel de que se trata aquí, involucrando, en aparente contradicción, elementos del paganismo en el seno de un contexto esencialmente cristiano, no habría de resultar problema de especial complejidad si se tiene en cuenta la actitud afectiva mantenida por grandes paladines de la causa cristiana, citando por todos a San Agustín, para con la cultura literaria de los antiguos, Virgilio entre los poetas y Cicerón entre los prosistas.

Desde noviembre del año 1092 consta documentalmente acreditada la observancia de la regla agustiniana por los canónigos rotenses, expertos conocedores y rectos intérpretes, sin lugar para la duda, en los que no cabe presumir abstracción en relación con la obra del santo de Hipona y su natural inclinación a disponer al servicio de la causa del Evangelio la herencia cultural del clasicismo antiguo, con sus valores y conceptos, circunstancia que habría de resultar razón bastante en orden a justificar el aparente contrasentido, antes enunciado, que se dispone en la figuración esculpida en el capitel catedralicio que ahora se analiza, en probable modelo sincrético del virgilianismo que rezuma de las obras de San Agustín, sobre todo, "tolle lege", lector amable, en "Confesiones", "De doctrina cristiana" y "La Ciudad de Dios".

El santo no pudo sustraerse a la melódica y deleitosa elocuencia sonora de los versos del poeta, con hálito de vida palpitante e inmarcesible a través de los siglos; baste, en tal sentido, recordar sus conmovedoras palabras (Confesiones I, 13), evocando las lágrimas derramadas al leer los imponentes lamentos de la despechada Dido por desdén y abandono de su amado Eneas, de este último muy a su pesar, aunque conforme al designio de los dioses (Eneida IV, versos 642 - 664).

Tampoco pudo dejar indiferente a San Agustín, tras irrumpir la luz en el alma ciega de sus años de juventud, al encontrarse con Ambrosio en Milán, ni a sus canónigos regulares en Roda de Isábena, la riqueza del imaginario escatológico grecorromano con que Virgilio se produce en Eneida VI y su relación estrecha, armónica y sin aparente contradicción con la catequética cristiana y, desde luego, también la judía, de los primeros siglos. En la mistérica incertidumbre ante la realidad última de la muerte, ¿cómo no establecer analogías entre aquellos parajes virgilianos, tenebrosos y hórridos los unos, luminosos y amables los otros, y sus equivalentes judeocristianos? Así: Tártaro y Campos Elíseos, de los griegos; Gehenna y Sheol, de los judíos; e Infierno y Paraíso, de los cristianos. Todos y cada uno con características específicas que les son propias y que no son del caso tratar aquí, al no ser lugar adecuado para su prolijo análisis.

Y, ¡cómo no!, tampoco escapó a la percepción agustiniana el pasaje narrado por el poeta latino (Eneida, Libro VI, versos 140 - 142), cuando, en grande y ardiente deseo, suplicante y animado de toda piedad, el héroe troyano solicita de la sibila la entrada en el reino de las sombras, a cuyas profundidades a nadie se permite bajar y, menos aún, retornar de nuevo al mundo de los vivos, sin ser portador de la rama dorada, salvoconducto necesario en la pretensión de acciones tales. Surge así, en modo alegórico de resonancias estridentes, el concepto cristiano del Descenso a los Infiernos ("Descensus ad inferos"), de fe. A los cuatro infiernos, conforme a la tradición doctrinal antigua: el limbo de los niños inocentes muertos antes del tiempo; el "limbus Patrum" de los justos o seno de Abraham; el purgatorio; y el infierno de los condenados.

Rastreando el posible origen del "Descensus ad inferos", podemos encontrarlo en la escriturística vetero y neotestamentaria, en los textos de los Padres Apostólicos y de la Iglesia, en los escritores eclesiásticos cristianos de los primeros tiempos, así como en la literatura apócrifa, especialmente en el llamado Evangelio de Nicodemo (Segunda Parte). También en San Agustín (Epístola 164, 2, 3), dando la universal fe que es de la Iglesia: "¿Quién, sino un infiel, podría negar que Cristo estuvo en los infiernos?"; y en La Ciudad de Dios (Libro XX, capítulo 15).

Es doctrina de la Iglesia, es de fe, "fides qua creditur", que Cristo, después de su muerte, con el alma separada del cuerpo, bajó al lugar en que moraban las almas de los justos, haciéndoles partícipes de la visión beatífica de Dios, esto es, beneficiarios de los frutos de la Redención.

Como Jesucristo, que, con gran resplandor y portando la Cruz de su Resurrección, quebró las puertas y cerrojos de las moradas infernales, así también Eneas, valiéndose de la rama dorada, pudo franquear cuantas vicisitudes le fueron presentadas, en viaje de ida y vuelta, saliendo con bien de su periplo por el inframundo, para luego continuar el del "fatum" a que venía obligado.

Por tanto, la rama dorada resulta ser así, conforme al imaginario poético virgiliano, el instrumento necesario y eficaz, alegórico, a los efectos de traspasar el umbral de separación entre ambos mundos, que en la tradición teológica cristiana deviene en la Cruz de Resurrección, redentora y de vida nueva, del Salvador anunciado.

Mas, a mayor abundamiento, interesa también aquí dejar constancia expresa de la panorámica que se nos ofrece por Virgilio en relación con la vida de ultratumba (Eneida, Libro VI), acaso con intencionalidad de dar respuesta posible a los interrogantes planteados en las situaciones humanas límites, más en concreto, en esa línea fronteriza que viene marcada por el fin de toda realidad existencial y el abismo de la muerte.

Aceptada la condición de "homo religiosus" en los términos propuestos por Mircea Eliade, el ser humano, aun consciente de su indigencia intelectual, es buscador del encuentro con la verdad, con la trascendencia. En una de sus propuestas más inmediatas ambicionará apartar de sí la concepción de la muerte, en tanto que inexorable accidente de la naturaleza, en yuxtaposición a la de una prolongación de la vida, inmemorial acervo común a una gran mayoría de civilizaciones. ¿Dónde están? ("Ubi sunt"), es el enunciado interrogativo reverberante, en el centro mismo del hecho religioso, al que se hace necesario dar respuesta satisfactoria.

¿Dónde están quienes nos precedieron en este mundo? ("Ubi sunt qui ante nos in hoc mundo fuere"). De fe han sido las contestaciones dispuestas por las distintas creencias religiosas en general, y de la cristiana en particular, afirmándose en los conceptos de Resurrección (Anástasis), "Descensus ad inferos" (Katábasis) y "Ascensus ab inferis" (Anábasis), de claras resonancias virgilianas y ubérrima reciprocidad en el mundo escatológico judeocristiano. Es así en Salmos (Sal 49, 16): "Pero Dios rescatará mi alma del poder del abismo porque me elevará a sí"; y en Isaías (Is 9, 2): "... sobre los que habitaban en la tierra de sombras de muerte resplandeció una brillante luz"; y en los Hechos de los Apóstoles (Hch 2, 31): "... habló de la resurrección de Cristo, que no sería abandonado en el hades ..."; y en la Epístola a los Hebreos (Hb 13, 20): "El Dios de la paz, que sacó de entre los muertos, por la sangre de la alianza eterna, al gran Pastor de las ovejas, Nuestro Señor Jesús"; y en la Epístola a los Romanos (Ro 8, 34): "Cristo Jesús, el que murió, aun más, el que resucitó, el que está a la diestra del Padre, es quien intercede por nosotros"; y en la Epístola I a los Corintios (1 Co 15, 4 y 12): "... que fue sepultado y resucitó al tercer día, según las Escrituras ... Pues si de Cristo se predica que ha resucitado de los muertos, ¿cómo entre vosotros dicen algunos que no hay resurrección de los muertos?"; y en la Epístola I de San Pedro (1 P 3, 18 - 22): "Porque también Cristo murió ... murió en la carne, pero volvió a la vida por el Espíritu ... y fue a pregonar a los espíritus que estaban en la prisión, incrédulos en otro tiempo, cuando en los días de Noé los esperaba la paciencia de Dios ... por la resurrección de Jesucristo, que una vez sometidos a Él los ángeles, las potestades y las virtudes, subió al cielo y está sentado a la diestra del Padre". Y que es, asimismo, del Magisterio de la Iglesia, depósito de la fe encomendada y a ser creída, por ser de la tradición y de revelación divina.

Por innecesarias, pido libranza de mayor acopio en referencias tales.

A la buena recepción de interpretaciones alegóricas en las obras de Virgilio contribuyó también el hecho innegable de la aceptación, por acomodo, de las concomitancias apreciadas, conformes al cuerpo doctrinal cristiano, en relación con el de poetas y filósofos paganos.

Hechas las reflexiones anteriores con estricto ánimo "ad arguendum" y muy ajeno a toda consideración de audacia impía por mi parte, ya, incluso en un primer acercamiento a la portada principal de la catedral rotense, no habría de causar extrañeza la disposición de un capitel tildado, en apariencia, con plétora de connotaciones propias del paganismo politeísta y supersticioso, anteriores a toda revelación positiva y contrarias a las aspiraciones de la lógica cristiana.

Un hombre, Eneas, en actitud piadosa y suplicante; un perro en sumisión, acaso de hediondo hálito, residuo único de su aplacada ferocidad; un eficaz instrumento, la rama dorada; y una mujer, la Sibila de Cumas, hermosa sacerdotisa de Apolo y requerida de amores por el dios, de quien obtuvo el don de la vida por tantos años cuantos granos de arena cupieron en su puñado, aunque sin la frescura gratificante de una permanente juventud, lo que la llevó a desear la muerte, ya en edad avanzada, por estado de decrepitud extrema ante tamaña longevidad; "sólo quiero morir", decía.

Hasta donde alcanza mi conocimiento, además de la cita consignada correspondiente al texto virgiliano (Eneida, Libro VI, versos 140 - 142), dando sentido a la lectura iconográfica que ahora se propone aquí, tengo por referente plástico único el manuscrito de mayor antigüedad conocido del poema, el llamado "Vergilius Vaticanus", que, en una de sus ilustraciones, según muestra la fotografía, agrupa los mismos cuatro elementos dispuestos en la composición esculpida en el capitel rotense, recreando la misma escena.

Las sibilas, ya desde los tiempos más tempranos, alcanzaron gran predicamento entre los distintos cultos y creencias. No sin escrúpulos, suele establecerse su origen en lugares indeterminados del cercano oriente, irradiándose luego por vectores griegos a las culturas mediterráneas, especialmente la judeocristiana y la latina.

Judíos y cristianos pronto vieron en los vaticinios oraculares una fórmula proselitista eficaz, "mutatis mutandis", en el uso de los testimonios sibilinos para apoyo de su doctrina, contraria al paganismo politeísta. A partir de un abundante corpus pagano de literatura sibilina, por judíos, primero, y cristianos, después, se elaboraron múltiples compilaciones inspiradas en aquellos prototipos, conformándose así la colección de "Oráculos Sibilinos", conjunto de textos ornamentados de gran afectación y artificiosidad narrativa, en un ánimo exagerado de acercamiento a la verdad revelada. Tan es así, que se llegó a la equiparación de la obra poética de Virgilio, en sus versos con referencia a la Sibila de Cumas, con los profetas de la Ley de Israel y con pasajes evangélicos y apocalípticos de la Ley Nueva.

La celebridad de los versos virgilianos recreando el pasaje correspondiente a la Rama Dorada (Eneida VI, versos 140 - 142) ha resultado una constante desde su creación, como lo ha sido para el anuncio mesiánico contenido en la Égloga IV (versos 4 - 10) de sus Bucólicas. Sin que hayan faltado detractores, ha querido verse, en una lectura alegórica de estos últimos versos, el vaticinio profético del Verbo Encarnado, del Logos de Dios, del advenimiento del Redentor.

Virgilio aparece como inconsciente profeta de Cristo, al punto de considerarse su lucidez creadora muy cercana a una iluminación "divinitus afflatus", tocando la inspiración divina, si bien, en grado menor y sin el alcance conceptual propio de la teología cristiana. Da fe de ello, según creo, la ilustración que tomo de un manuscrito del siglo V de nuestra era, el "Vergilius Romanus" de la Biblioteca Apostólica Vaticana, en la que un ángel parece usurpar el papel de la olímpica Calíope, insuflando el genio creador del poeta.

Los de Virgilio son poemas de rico y heterogéneo contenido histórico, filosófico, mítico y religioso, siendo este último capítulo el de mayor interés al propósito que me mueve aquí, más en concreto, las múltiples interpretaciones cristianizadas y, sobre todo, el pretendido anuncio mesiánico de que han sido objeto los versos 4 - 10 de su Égloga IV. En una exégesis alegórica del poema cabe extraer conformidad y unión por nudo estrecho con la doctrina cristiana, sin desnaturalización de las verdades adscritas a su cuerpo conceptual, celosamente guardado. La literatura cristiana, en larga tradición, ha venido aceptando el contenido mesiánico de la Égloga IV, en sus versos antedichos, por conformes con las profecías de Israel y los anuncios evangélicos. El poeta mantuano habría previsto el nacimiento del Mesías en las palabras oraculares de la Sibila de Cumas ("Carminis Cumaei"): "la nueva estirpe enviada desde el alto cielo; el niño que nace, con el que surgirá la edad de oro".

Con posibilidad de errónea atribución de autoría en favor de Constantino, el emperador, en su discurso "Oratio ad sanctorum coetum", pronunciado ante una asamblea eclesiástica, sostiene por vez primera la identidad del "niño que ahora nace", versificado en la égloga virgiliana, con la persona del Salvador.

San Agustín, en "La Ciudad de Dios" (Libro XVIII, capítulo 23), dice que: "La Sibila Eritrea, que es la de Cumas, según también se piensa, escribió algunas profecías sobre Cristo, que he leído en un latín con versos defectuosos"; y que le presentaron "un códice griego que

contenía las profecías de la sibila, advirtiendo cómo en un determinado lugar, el orden de las letras, al comienzo de los versos, se decía en lengua de los griegos ... ... ...

... ... ... que en latín significan Iesus Christus Dei Filius Salvator, Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador

El texto griego de tan conocido acróstico puede ser consultado en Orac. Sibyl. 8, 287.

Respetuoso con la Antigüedad Clásica y sus mitos, San Agustín (Op. cit. XVIII, 23) llega a decir que la Sibila de Cumas ha de ser catalogada entre los profetas que pertenecen a la ciudad de Dios.

Dice también, en referencia a Cristo (Op. cit. X, 27): "Si alguna huella quedó aún de nuestro crimen, no tendrá efecto alguno, y su desaparición librará a las tierras de un error perpetuo". El santo realiza una interpretación alegórica de los versos 8 - 17 de la virgiliana Égloga IV, poniendo al Salvador en el centro mismo del gran enunciado soteriológico de la fe cristiana: "Que por ello Él, sin pecado, tomó sobre sí a todo el hombre para sanar de la peste de los pecados a todo aquello de que consta el hombre".

Tomando para sí la bucólica de Virgilio, poeta al que profesaba un profundo respeto según cabe deducir, ya en parecidos términos se había pronunciado el de Hipona, en carta dirigida a su amigo Marciano (Ep. 258), a quien, tras haber recibido el bautismo saludable, considera redimido de sus pecados pasados, porque "no hay otro, fuera de Cristo, a quien el género humano pueda decir: guiando Tú, si aún quedan rastros de nuestro delito, libre quedará la tierra del pavor para siempre. Virgilio confiesa que así lo tomó del oráculo de Cumas, esto es, del cántico sibilino. Quizá aquella mujer adivina había oído algo en su espíritu acerca del único Salvador y se vio obligada a confesarlo".

He hablado antes de voces contrarias a los exégetas cristianos. De una parte, las pronunciadas en favor de una advenida Edad de Oro para Roma, por acceso de Augusto al poder imperial, dándose fin a los tiempos de profundas agitaciones, "de hierro", en palabras de la profetisa cumana; de otra, la admiración y afecto del poeta por un su amigo.

Para el paganismo romano la Edad de Oro y los reinados de Saturno vendrían a identificarse con el período de "Pax romana", de Augusto, primer emperador, tan deseada tras las discordias civiles republicanas; y con los parajes idílicos imaginarios de la Arcadia, que tanto seducían a los poetas antiguos en su melancólica esperanza.

Por el contrario, la tradición cristiana, elaborando su propia historia, vino a convertir la Edad de Oro y la vuelta a los reinos de Saturno en un redivivo Paraíso, en un mundo de luz, verdad y gracia, en sustitución del otro, de tinieblas, error y pecado. Así, entre otros muchos y citándole por todos, un escritor cristiano, converso desde el paganismo y ardiente defensor de la doctrina nueva, Lactancio (ca. 250 - 320 d. C.), en su obra "Instituciones Divinas", magno compendio apologético en siete libros, se muestra conciliador, aunque escrupuloso, con las fórmulas literarias paganas cristianizadas, sirviéndose en ocasiones de las contenidas en los "Oráculos Sibilinos" y su estrecha relación con la profética escriturística. En el Libro VII de su obra, Lactancio nos habla "del final, por disposición divina, de un mundo pecador y de maldad, una vez haya cumplido su espacio temporal, para luego ser llamadas las almas de los justos a la vida bienaventurada y eterna, bajo el reinado del propio Dios, época de paz y felicidad; como dicen los poetas, dorada". Por tanto, para Lactancio sólo existiría una Edad de Oro que habría de coincidir con el final del mundo físico, terreno y corporal. Y dice, igualmente, que "tras el fin vendrá la eternidad, cosa no comprendida por los paganos". Utilizando los "Oráculos Sibilinos", pone en boca de las sacerdotisas paganas, con rasgos de analogía rayanos en la identidad, pasajes conformes en todo con los prometidos hechos al pueblo antiguo y los evangélicos, consignados en las Sagradas Escrituras. Y viene en decir: "Los lobos y los corderos comerán juntos en los montes ..." (Orac. Sibyl. 3, 787); y, "... entonces Dios dará a los hombres una gran fertilidad ... la tierra, los árboles ... darán a los hombres el fruto del vino, de la dulce miel, de la blanca leche y del trigo ... y todo ello será para los hombres ..." (Orac. Sibyl. 3, 619); y, "... la sagrada tierra, sólo de los bienaventurados, producirá ... fuentes que rezuman miel, y leche de ambrosía manará para todos los justos" (Orac. Sibyl. 5, 281). Solicito del complaciente lector un análisis detenido de los párrafos anteriores y su relación con las promesas recogidas por el profeta Isaías (Is 11, 6 - 10).

Aquella constante y perpetua notoriedad antedicha, de edad en edad, que ha hecho de los versos virgilianos centro de especial atención, obedece, sin duda, según creo y reitero, a la posibilidad de su acomodación en los planes trazados por las diferentes creencias y a la eficacia de su utilidad en tanto que medio que sirvió a los distintos apologetas, paganos, judíos y cristianos, en su deseo de disponer a los hombres a recibir sus doctrinas.

Todo mi afán se ha centrado en la búsqueda de una justificación suficiente, en dar causa y sentido a la escena representada en el hermoso capitel de La Rama Dorada, sin elementos o atributos, al menos en apariencia, que podrían corresponderse con los de una iconografía cristiana, más adecuada al templo que le da acogida en Roda de Isábena. Abundar en ello, como cabe, vendría a ser ejercicio de profundización "ad infinitum", infructuoso, largo y enojoso, para el que no enmascaro incapacidad propia de entendimiento suficiente y para el que tampoco he sido llamado.

Sabedor de importantes asuntos no abordados y subyacentes en los poemas de Virgilio, acaso más adelante y con fuerzas renovadas, resulte de oportunidad entrar a conocer, en estrecha relación con el conjunto iconográfico que adorna el marco en la puerta catedralicia, de algunas de las materias planteadas en sus textos por el poeta, de tanto interés para los escritores cristianos de los primeros tiempos, eclesiásticos o no, con gran provisión de erudición pagana y judía. Como de una de las dificultades no resueltas, la distribución de los capiteles de la portada meridional, habitualmente juzgada de caprichosa, quizá por desconocimiento de la lógica que llevó a las voluntades y providencias de aquellos canónigos rotenses, sus artífices intelectuales, a establecer la ubicación como se nos ofrece y que, de seguro, no es de causa ciega.

Sirva el sencillo relato anterior de soporte sugerente, en evitación de toda sorpresa y turbación confusa, al examinar el esculpido ornamental de la portada rotense.

El capitel de La Rama Dorada no acoge principio contrario a la doctrina cristiana, no supone un desnaturalizado de sus reglas, ni ha de ser contemplado cual grito pagano que aturda los cantos de su teología. La fórmula plástica recibida en el capitel no es sino una manifestación más de la buena recepción y pervivencia del mundo clásico en los siglos medievales, también aquí, en Roda de Isábena, al igual que en el contrapórtico compostelano y en el suelo catedralicio sienés, aunque en forma de elementos aislados para estos dos últimos casos.

A la sagaz perspicacia de los canónigos rotenses no escaparon los cantos de promisión y esperanza de que está provisto el universo de Virgilio.

                                                                 Saludos en el Señor

Juan Ramón Ugarte

MMXVII A. D.,

en la Solemnidad de la Anunciación del Señor