Patrimonio cultural rotense

Dimensión cultural de la Sede de Roda.

El fenómeno cultural rotense sigue captando la atención de muchos por su exotismo, complejidad e interés. Sus dimensiones alcanzan a todo el territorio que fue su antigua diócesis, y se prolonga rebasando el milenio transcurrido desde su fundación con elementos de épocas y estilos diversos, o aportaciones de lejanas y extrañas procedencias.

Situada la comarca que presidió en un área geográfica donde confluyen corrientes de toda índole, y en una línea de permanente contacto con el mundo musulmán -con el que en general mantuvo normales relaciones- la sede de Roda y sus dominios se nutrían asimilando el saber y gustos que alimentaron aquellas culturas.

Como queda dicho, la sede de San Vicente cuenta en su episcopologio y priorato con hombres eminentes que recorrieron largos caminos, cultivaron relaciones a niveles elevados y conectaron con sabios y artistas cuyos métodos y producciones asumieron y desarrollaron. Los días de mayor gloria terminaron al emigrar sus obispos; pero la Canónica Agustiniana acogida bajo sus techos, pervivió hasta muy cerca de nuestro siglo y sus rectores y componentes no sólo fueron los custodios de un pasado, sino que con mejor o peor acierto introdujeron las novedades que el tiempo y las circunstancias les fueron aconsejando. Bajo su dirección y mecenazgo en Roda «se copian manuscritos, se atesoran códices y se redactan crónicas y relatos históricos»: se componen y recopilan piezas teológico-canónicas, y hasta se acarician unos primeros ensayos poéticos. A su impulso se levantaron iglesias, se llamaron maestros y se organizaron escuelas de artes, y hoy es el día en que ante la calidad y rareza de sus producciones se detiene la investigación con asombro.

En la producción literaria hay dos etapas que poner de relieve: una que cabalga entre los siglos X y Xl y se desarrolla durante los episcopados de Aimerico, Borrel y Arnulfo; y otra que se inicia a fines del siglo Xl, se prolonga hasta muy entrado el siglo XIll y cuenta como promotores a los obispos Raimundo Dalmacio, san Eboncio, san Ramón, Gaufrido, Ramiro el Monje, etc.

Corresponden al primer período algunos códices y crónicas, entre los que destacan «El Códice de Roda», «El Pontifical de San Ramón», también conocido por «El Sacramentario ritual y pontifical de Roda»; otro «Sacramentario» que no hay duda se compuso en Roda aunque hoy se registra como el «Emilianense 52» y el primer .núcleo de las «Crónicas Ribagorzanas». o de «Alaón» al gusto de otros. Todos ellos, y algunos más de esta época, han sido objeto de los más detenidos y profundos análisis y comentarios por su cronología y contenidos. Los de carácter teológico-moral, en su totalidad responden a la disciplina y enseñanzas emanadas de los concilios toledanos a cargo de padres y teólogos de la iglesia hispano-visigótica (san Isidro, san Justo, Gregorio de Elvira, etc.), mucho antes de que se impusiera en la Península Ibérica la reforma gregoriana. Los Cronicones (breves, pero sin desperdicio) marcan sucesos y citan personajes de los que nada sabríamos de no ser por sus relatos. Respecto al origen y procedencia de aquellos códices y escritos se ha especulado mucho, atribuyéndolos a un centro u otro -con frecuencia al gusto del comentarista- porque desde nuestros días se ha visto imposible que en Roda se compusieran, copiaran e iluminaran manuscritos de tal valor. Pero debemos advertir que aquel Roda episcopal y catedralicio pugnando por afrontar el permanente desafío de la cultura árabe, era y significaba mucho más de lo que es y representa el Roda de hoy, decadente y mortecino. Entonces contaba con monasterios bien equipados para su tiempo y hombres sabios y dotados para el cultivo de las ciencias sagradas imprescindibles para la evangelización.

Una segunda etapa de este quehacer literario se desarrolló a partir de finales del siglo Xl, una vez hubieron cuajado las reformas eclesiásticas. Entonces se reformó el cabildo catedralicio adoptando el estatuto de los canónigos regulares de San Agustín, y se renovó el monasterio de Santa María de Alaón que estaba estrechamente vinculado al Capítulo de Roda. Estas reformas y el impulso literario que las acompañó contaron con el aliento de obispos que dejaron huella muy honda en la historia de Roda, como fueron Raimundo Dalmacio, san Eboncio, san Ramón, etc., que favorecie- ron y estimularon el trabajo de autores tales como el archivero-historiador monje Domingo, el maestro Guidón, el canónigo biógrafo Elías, el poeta Simón y otros. Se comprende que su actividad se centrara en la literatura religiosa. De sus trabajos quedan aún compendios teológicos que recopilan enseñanzas patrísticas en forma de sentencias que responden a la pedagogía de aquellos tiempos como el «Diversarum Patrum Sentencias», códice que si bien hoy enriquece la Biblioteca Provincial de Tarragona, procede y está compuesto en Roda con toda seguridad. Las Crónicas Ribagorzanas o de «Alaón» se escribieron antes de 1154. Nos quedan muestras de poesía épica, como el «Carmen Campidoctoris» dedicado a enaltecer la figura del Cid Campeador, de probable origen rotense, o el himno a Ramón Berenguer IV; o ensayos líricos encabezando algunos códices. Cercana la mitad del siglo Xll el canónigo Elías escribió la «Vita Sancti Raíimundi» que sirvió para las lecciones del oficio del Santo, y figura íntegra en un breviario que se acabó de componer en 1191. Sus himnos, bastante extensos, se deben a poetas de esta escuela que también contaba con excelentes emanuenses y miniaturistas, para adornar sus manuscritos con «letras muy hermosas».

El arte de la construcción

Roda ejerce en un momento histórico en que civilizar equivale a construir, según axioma en uso. Si hay algo evidente todavía, es la gran aportación de Roda de Isábena al desarrollo de la arquitectura románica en el país. Hemos sorprendido los primeros movimientos de sus obispos, precisamente en la reedificación de iglesias destruidas por las invasiones y en la construcción y consagración de otras en lugares donde nunca las hubo antes. De esta actividad, desarrollada a lo largo de dos siglos, quedan todavía en pie un centenar muy largo de templos de diverso tamaño y calidad, algunos con mínimas alteraciones. Desde la minúscula ermita sobre la montaña, hasta la porfiada ambición catedralicia de la sede de san Vicente en Roda, el austero románico de sus ábsides, muros, criptas y torres, todavía cubre el panorama religioso de lo que fue su antiguo territorio diocesano, como un lamento nostálgico por el pasado, y un aleluya de esperanza gozosa hacia el futuro. La invasión de 1006 destruyó algunas, pero no alcanzó a otras varias. Al empuje reformista del XVI, sucumbieron otras, pero no acabó con todas. Las parroquias pobres, sin padrinos y sin posibles, se limitaron a introducir las reformas litúrgicas prescritas, con el mínimo coste. Gracias a ello hoy el país conserva un verdadero museo que acrecienta la belleza natural de valles, ríos y montañas de nuestra geografía comarcana.

Siempre dentro de la legítima estructura románica, se mueve la gran diversidad de sus formas, que van desde el rústico e incipiente planteamiento que nos ofrece, por ejemplo San Antón de Pano, casi nacido de una coyuntura cristiano-árabe; San Bartolomé de Muro, San Pablo de Obarra, Fantova, Fornons, etc., hasta el más depurado y culto perfil que nos brindan Santa María de Alaón, claustro de Roda, torres de Tahull, Bohí, Erill, portada de Merli, Nuestra Señora de Gracia de El Run, Cripta de San Martín de Caballera, etc.

Las influencias que convergen en el área cultural rotense, acusan el movimiento pendular a que le sometieron los vaivenes políticos y justifican el claro predominio del lombardo catalán dentro de Ribagorza, con su inconfundible teoría de arquillos ciegos, lesenas, ajedrezados, ventanales en ajimez, etc., y explican el prooccidentalismo jaqués, algo más austero de forma, que presenta la comarca sobrarbense del Cinca, con remates lisos o a lo sumo limitados a una línea de canetes, adaptando el alero sobre sus muros. En ambos se evidencia la penetración de la cultura árabe con sus muros atizonados, dinteles interiores tensando arcos de descarga, arcos a la cordobesa, descentrando su línea de trasdos, franjas de rombos... Toda una síntesis de convergencias, seductora para el historiador de arte más exigente. Paralelo a la obra constructora se desenvuelve el arte de decorar la casa de Dios. Las exigencias pastorales, a la búsqueda de métodos catequísticos eficaces para llevar algunas ideas fundamentales sobre los misterios de la fe a la mente y corazón de unos feligreses, poco menos que incapaces de asimilar otra cosa que lo que entra por los ojos, impone el uso de la pintura y la escultura. Es la Biblia de los pobres, como se ha dicho; y el templo, a la par que casa de oración, debe ser un libro inteligible para todos.

Escuela-Taller de artes

Es indudable que en el territorio diocesano, quizás en Roda mismo, hubo escuelas y talleres de tales artes que irían surgiendo a medida que la vitalidad religiosa de los pueblos las hizo necesarias y rentables. Los primeros ensayos autóctonos y aislados debieron comenzar muy pronto, quizá en el mismo siglo X, puesto que en tal período se detiene la atención de los expertos para datar unas pinturas muy fragmentadas y rudimentarias extraídas de la iglesia de San Antón de Pano, cerca de Graus, hoy en el Museo Diocesano de Barbastro.

Pero hay dos conjuntos cuya excepcional calidad es bien conocida, y sitúa a la diócesis de Roda entre los centros culturales más acreditados de su tiempo. Son éstos, Tahull-Bohí y la misma catedral de San Vicente de Roda.

Las iglesias de Tahull no sólo guardan relación con Roda a través de san Ramón que las consagró en 1123: todo el valle de Bohí perteneció a la mitra rotense, del que no se desprendió hasta el acuerdo suscrito entre el obispo Gaufrido de Roda y el urgelitano Pedro Berenguer el año 1140, cuando ya llevaban años en pie y decoradas las tres iglesias de San Juan de Bohí, San Clemente y Santa María de Tahull y, muy probablemente, la de Erill Lavall; iglesias propietarias de obras fundamentales para la historia de la cultura occidental. La lapidación de san Esteban «tratada con fuerte dinamismo» que pasó de la iglesia de San Juan de Bohí al Museo de Arte Románico de Barcelona, es «obra excepcional y solitaria» y «la más acabada encarnación de esas raras escuelas locales... representantes de las tradiciones autóctonas que aparecen en el país allá en el Xl, antes que hagan acto de presencia los formidables maestros venidos de otros sitios». Recientes investigaciones practicadas en dicha iglesia ponen al descubierto nuevos fragmentos y temas de los mismos pinceles. Así pues, cuando el celo pastoral de san Ramón asomó por esta tierra, ya pudo comprobar en ella la presencia de unos métodos catequísticos que, de acuerdo con su celo y cultura, puso empeño en afianzar y desarrollar en sus dominios. La amistad y compromisos que ligaban los poderosos hombres de Erill con el obispo y sede rotense, y los apoyos que aquellos le brindaron, motivarían que el prelado recorriera el sur de Francia o norte de Italia en busca de maestros, promoviera la creación de escuelas para forjar nuevos artistas y suscitara un movimiento que había de tener fuertes repercusiones en el espacio y en el tiempo. La obra más voluminosa de aquel esfuerzo quedó plasmada en las dos iglesias de Tahull y la más acabada en el celebérrimo pantocrator de San Clemente. «La capacidad de síntesis del autor de estas pinturas, en que la fuerza de líneas se combina con el esplendor del colorido, hace de ellas sin duda las mejores del Museo (de Barcelona) y uno de los más puros ejemplos de todo el arte románico».

Las escuelas de pintura de Tahull se proyectan lejos y sus maestros recorren largos caminos peninsulares; y, si el análisis técnico acierta, serían obra de sus pinceles algunos frescos de Susín cerca de Jaca, de San Baudilio de Berlanga (Soria) o de Maderuelo (Segovia), hoy orgullo de las mejores pinacotecas mundiales, en Estados Unidos, El Prado o Monjuic en Barcelona.

Acaso tengan idénticos orígenes obras ejecutadas en tabla, que forman una colección de frontales, codicia también de celebrados coleccionistas y que fueron realizados para ornato de pequeños templos aldeanos como San Quirico de Durro, Cardet, Treserra, Betesa, Chía, Vio, Estet, etc.

Idéntico proceso sigue el tallado en madera. La abundancia y calidad de las piezas conservadas en el mismo valle, como el monumental descendimiento, hoy en los museos de Vich y Barcelona, el de Santa María de Tahull, los frontales tallados de Tahull, Obarra y San Salvador de Bibiles, ponen de relieve la presencia de «una escuela escultórica absolutamente inédita que se caracteriza por la sorprendente calidad artística y por su carácter recio y unitario».

La catedral de San Vicente de Roda

Es lógico considerar a la iglesia de San Vicente de Roda como ejemplo y síntesis de cuanto se difundió dentro de su área de influencia, y si este criterio echa de menos una clara actuación de los excepcionales maestros de Tahull en Roda mismo, es porque, aparte de las posibles transformaciones posteriores que pudieron malograrlas, quedaban muy atrás los antecedentes que dieron lugar a la creación y desarrollo del conjunto monumental y arte rotense.

Recordemos resumiendo que patrocinada su construcción por los condes ribagorzanos, fue consagrada por el obispo Odisendo, su hijo, el 1 de diciembre del año 956. Los indicios que nos quedan de aquella fábrica apuntan a un edificio de iguales dimensiones en planta al actual, aunque dividido en cinco tramos cruciformes y en triple esquina como las tiene Santa María de Obarra a escasa distancia, y que se desarrollarían en bóvedas de arista, al menos en las naves laterales. Las arcadas serían a la cordobesa como la que encabeza la nave norte, y los vanos de poca luz, en doble derrame y arcos de medio punto de estrecha laja, abiertos a mediodía sobre el eje de cada uno de los tramos transversales.

Pero aquel edificio sufrió quebranto. Le produjo graves daños la incursión sarracena del año 1006 contra Ribagorza, durante el episcopado de Aimerico. Su restauración se inició pronto por exigencias del culto y fue de nuevo consagrada por el obispo Arnulfo alrededor del año 1030. Este obispo la dedicó conjuntamente a san Vicente y san Valero, después de haber ordenado el traslado a ella de las reliquias de este Santo. De creer es que la ceremonia tuvo lugar, apenas los avances de la restauración permitieron rehabilitarla para el culto, pudiendo proseguir las obras años después. Lo que sabemos cierto es que la primitiva fábrica no había sido totalmente arrasada como se ha venido creyendo y al restaurarla se aprovecharon los restos útiles de aquélla, tanto por concesión a la nostalgia del pasado que aquellos testimonios entrañaban, como por el ahorro de obra que suponían los elementos todavía sólidos. Si nada sabemos acerca de los autores del proyecto del año 956, tenemos razonables conjeturas de que dirigió esta restauración un tal Bradilano o Bradila a quien titulan «maestro de Roda» documentos fechados en 1010.

Al despuntar el siglo XIl dieron comienzo una serie de ampliaciones y reformas que se prolongaron durante todo aquel siglo. En 1107 el obispo san Ramón consagró la capilla de la enfermería recién construida en honor de san Agustín y san Ambrosio y como recuerdo de la canónica Agustiniana allí establecida pocos años antes. En 1125 el mismo san Ramón reformó la cripta central, dedicando en ella un altar a Santa María. Cercana ya la mitad de aquel siglo se dio comienzo al claustro, merced a los recursos concedidos por don Ramiro el Monje, protector y mecenas del obispo Gaufrido a quien se dedicó el primer epitafio lapidario que encabeza la colección epigráfica de sus muros y galerías. Y sería a continuación del mismo cuando se levantó el refectorio capitular que cierra el claustro por el lado norte y la sala capitular que se emplaza entre la galería este y la capilla de san Agustín.

Acaso ya en el siglo XIIl o muy cerca de él se hizo la nueva portada principal, dignificándola con avocinados, arquivoltas y labores de cincelado y capiteles. Hubo otras dependencias anexas al con- junto por el lado a poniente del claustro, donde consta por escrito que tenían su vivienda el prior claustral, el camarero y el chantre; la de este último estaba unida al muro oeste de la catedral, en el lugar mismo donde hoy están coro y órgano, y, de merecer crédito el conopial que coro- na una de las entradas que le daban acceso desde el claustro, éstas pudieron edificarse hacia el siglo XV, con las primeras luces del Renacimiento.

Las ideas renacentistas inspiraron al prior Pedro Agustín en 1525 la construcción del amplio palacio prioral sobre el solar de la antigua casa abacial. Y hubo que esperar el crepúsculo del barroco y el despertar de la ilustración para completar el conjunto con retoques de estos estilos en la torre campanario, pórtico de entrada y coro capitular; añadido todo ello al núcleo original en el correr del siglo XVIII.

Partiendo de esta última etapa bastante trabajo tuvo la catedral de Roda para sortear la sarta de contratiempos surgidos durante el siglo XIX, con la secularización de la Canónica Agustiniana, la pérdida de su patrimonio por la desamortización y subasta de todos sus bienes, la disolución de su capítulo, el traslado de sus fondos culturales más relevantes, etc. La llegada del siglo XX, si por una parte suscitó afanes por infundir nuevos bríos al significado de sus piedras, ha cometido los más crueles atentados contra el singular y rico acervo de sus bienes muebles, sobre todo con la quema de imágenes en 1936 y el robo de su cualificado Museo en 1979.

Tomado del libro: "Roda de Isábena, historia y arte". Escrito por D. Manuel Iglesias Costa.