Planta y proceso contructivo
Espacios y niveles interiores de la Catedral

En la división de los espacios interiores se sigue la tradición basilical de las tres naves, subdivididas en tres tramos con pilastras de separación. Sin crucero, los huecos de la cabecera quedan aislados entre sí por muro macizo. Su nave central mide 36,5 por 5,85 y las laterales 28,5 por 3,85 metros.

Los niveles presentan diversas alteraciones. Una es la tribuna encajada en el tramo junto al altar de la nave septentrional. Se eleva del plano unos dos metros que se ganan por una amplia escalinata. Antiguamente esta tribuna corría a lo largo de la nave y torcía en ángulo recto hacia los pies de la central, donde se instalaba la sillería del coro de canónigos. La tribuna comunicaba con el claustro y quedaba reservada al Capítulo y la comunidad. Semejante disposición de tribuna presenta la monacal de Santa María de Obarra y otras similares de la época.

Para dar cómodo acceso a la cripta central, aparece el suelo rebajado tres gradas del plano delante del presbiterio con amplio rellano ante la cripta. Un día se quiso así, facilitar la entrada a los fieles que asistían a los cultos parroquiales y al flujo de peregrinos que acudían a rezar ante el sepulcro de San Ramón.

La nave central se prolonga por los pies para dar cabida al coro. Este se hizo en el siglo XVIII, después de las obras del pórtico y la torre, aprovechando el espacio que ocupaba la casa del chantre tras el muro primitivo.

Soportes actuales.

Cuatro gruesas pilastras con planta de cruz griega, dividen espacios, soportan sus bóvedas y abren el juego combinado de amplias arcadas en cuatro direcciones, derivando sus retallos hasta el suelo. Su esquema es simple: cuando Santa María de Obarra, a corta distancia, redoblaba sus esquinas y proyectaba hacia sus bóvedas múltiples aristas rectilíneas, el maestro de Roda se recoge en la austeridad y la modestia; reduce el número de soportes, ensancha la luz de sus arcadas, amplía los espacios y parece achicar alturas. Conoce sin duda el relieve angular que deja oculto bajo los escombros de las criptas laterales y los efectos de su prolongación hasta los entrecruces de la bóveda que tenía ante los ojos en el arco de la cabecera de la nave norte. Pero la urgencia y los presupuestos en mengua, le obligaron a suprimir tales fantasías.

Las pilastras han sufido retoque y reformas al correr de los siglos. En la que está a la derecha delante del coro, se abrió un nicho para sepultura de los siete obispos rotenses. El acta del traslado de las reliquias de San Ramón, 1170, parece indicar que fue el santo quien lo mandó abrir, pues indulgenció con cuarenta días a quienes celebrasen en la catedral las vísperas de San Vicente y Pentecostés por los cuerpos de los santos obispos allí sepultados. El epitafio versificado que allí figura debí empotrarse en tales fechas. En 1225 se encarceló un madero entre poste y poste bajo la arcada, del que pendían tres lámparas con otra inscripción en la viga que desía: ¡PAZ AL QUE ENTRA AQUÍ! ¡SIETE SANTOS PONTIFICES ESTAN AQUÍ ENTERRADOS. OBISPOS ROTENSES, VENID, EXULTAD!

La inscripción es muy difícil de leer en la actualidad, pues el tiempo ha hecho mella en ella.

Texto latino.

Traducción

En 1248 el prior Bernardo de Cornudella hizo pintar toda la columna y dedicó un altar a San Antonio Abad con retablito adosado a la columna tapando el nicho y la inscripción. Durante siglos se investigó sobre el paradero de las reliquias de los siete santos obispos, empeño que alentó con entusiasmo el obispo Fr. Pedro de Santiago hacia 1645, sin resultados. El hallazgo tuvo lugar en 1716 y el texto de la inscripción se descifró en 1745 por los canónigos Narciso Boil y Francisco Jovellar respectivamente. El mismo año que se quitaron de allí las reliquias se instaló el órgano bajo la arcada, donde estuvo hasta 1722.

El órgano desde tiempo inmemorial ocupó la arcada lateral de la epístola inmediata al presbiterio, donde las pilastras tendrían que encajar los soportes del asiento.

La pilastra primera delante del altar, lado del Evangelio, tuvo adosado el antiguo púlpito y en 1768 fue restaurada a fondo pues amenazaba ruina; y la siguiente debió sufrir manejos en su base al desmontar la tribuna que corría por toda la nave norte. Los muros han sido reforzados y aparecen en ellos practicadas puertas y capillas. El de la nave norte ha sido redoblado por dentro y tiene puerta, hoy cegada, a los pies, para uso de canónigos y comunidad y otra más moderna de acceso al claustro desde la escalinata. Entre una y otra se dedicó una capilla a San Sebastián.

El muro sur se reforzó por el exterior a todo lo largo del porche, se abrierón en él las capillas de los Dolores y de Santa Bárbara, y se ensanchó la puerta principal. Conserva partes originales con las arcadas ciegas bajo las aristas de la bóveda.

En el siglo XVIII se demolió todo el cuerpo central del muro a occidente para prolongar la nave y acomodar el coro nuevo. Parecen originales los muros que cierran las naves norte y sur donde hubo altares dedicados a San Antonio y San Miguel.

Cubiertas y bóvedas.

El sistema de cobertura original estuvo a dos niveles, acorde con la tradición basilical, como Santa María de Obarra. El cuerpo de la nave central era más elevado y tenía techumbre de losa del país, a dos aguas y vanos laterales de iluminación. En las falsas quedan restos elocuentes de los parametros originales. La bóveda cabe fuese de cañón corrido cabalgando sobre fajones de medio punto como se deduce de la imposta sobre las arcadas.

Las bóvedas laterales fueron sin duda de arista en forma paralela a la tradición ribagorzana. Basta fijarse en los ángulos de apeo donde siguen intactos los arranques en laja de las aristas originales.

La reforma de las bóvedas tuvo lugar en el siglo XVIII, casi podemos ofrecer fecha concreta, pues en 1737, el cabildo contrataba al maestro tejero Juan de Lachalde, de Cambo, Navarra "La Basa", diócesis de Bayona, para la fabricación de tejas para la catedral. Se hundieron las antiguas bóvedas y se sustituyeron por bóveda apuntada en el centro, e insinuando solamente la arista viva primitiva en las laterales, a base de sillar de piedra toba, más ligera, simulando la novedad bajo yeso y cal, que se han eliminado en las recientes restauraciones.

La techumbre se hizo común para las tres naves, prolongando su caída por ambos lados. El método se había divulgado por el país a costa de la estética de muchos edificios. El poco peso y mejor manejo de la teja curva lo hizo aconsejable. La iluminación se realizaría abriendo un amplio ojo de buey en el muro del fondo.

Ábsides y cabecera. 

 En el conjunto de cabecera resplandece la pureza original, tanto de sus elementos como de su estructura. Absides en peralte y desviándose del eje de la nave, muros de rústico sillarejo con rejunte de mortero, arcos de fino despegue y grueso lomo, bóvedas de cañón liso con loseta y empaste burdo, sin anillo intermedio, techos hemisféricos y anillos concéntricos de acabado muy tosco, ventanas de breve luz y estrechisimo dovelaje en sus coronas, no desmienten la calendación que presentamos anterior al año 1035, momento en que urge el uso de la catedral y hay noticias concretas de contactos lejanos de obispos, monjes, clérigos y nobles del país. El programa y el recuerdo de la catedral arruinada, hubo de pesar a la hora de reemprender la obra, pero la penuria económica hizo recortar detalles de ambicioso proyecto a la hora de ejecutarlo.


El ábside central, dedicado desde siempre a San Vicente, sufrió alteración en su pavimento al reformar San Ramón la cripta en 1125. El 15 de julio de 1234 el obispo de Lérida Berenguer de Erill, consagraba allí nuevo altar de San Vicente; al desmontar recientemente el ara para acomodarla a la nueva liturgia, apareció la teca de una nueva consagración.

Parece que estuvo decorado con pintura mural, como todas, o casi todas, las románicas de nuestra geografía, pero quedaría arruinada con los usos y manejos, al quedar aislado tras el retablo mayor en el siglo XVI.

En el ábside sur se erigió altar y capellanía de San Pedro antes de finalizar el XIII. En 1608 se dedicó a la Virgen del Rosario. En el XII se abriría la puerta de acceso a la torre de campanas y, en las primeras décadas del XVIII, se abrió la urna en el medianil con el presbiterio, para guardar las reliquias de los obispos protegiendo su boca con gruesa boca de hierro.

El ábside norte quedó destruído al edificar la sacristía aprovechando el hemiciclo y primer tramo reforzando el exterior con muro plano. Debió ocurrir en el siglo XVI al instalar el retablo mayor.

Textos: D. Manuel Iglesias Costa 

Catedral de Roda. Huesca. Planta. Arquitecto: Francisco Lamolla. Roda de Isábena.

Con autorización del Archivo H.P. de Zaragoza

Catedral de Roda. Huesca.Secciones. Arquitecto: Francisco Lamolla. Roda de Isábena

Con autorización del Archivo H.P. de Zaragoza